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Relato: Luna nueva

  • Foto del escritor: Onel Ortiz
    Onel Ortiz
  • 7 may 2021
  • 2 min de lectura

Actualizado: 14 may 2021


Por Onel Ortíz Fragoso

@onelortiz


Alzó la mirada y vio como el Sol descendía en el valle en esta tarde de mayo. Apuró el paso, la noche no podía ganarle, tenía que estar ahí para prepararlo todo. En las manos llevaba un ramo de buen tamaño de flores blancas, gardenias, que simbolizan la pureza y la dulzura, las de perfume inconfundible que explota por las noches. En el bolso, que le colgaba en el hombro derecho, llevaba un buen trozo de alumbre, ese mineral de sal y sulfato de potasio que se encuentra alrededor del mundo. El día anterior había puesto agua a serenar bañada por las estrellas. Tres elementos poderosos, faltaba el cuarto: la Luna y lo más importante, el secreto del ritual, el canto mágico que los sacerdotes trasmiten como un secreto, sólo a unos cuantos, a los elegidos de la Luna.


Mientras preparaba todo. Un recuerdo cruzó por su mente. Se vio niña, de la mano de su madre. Vio como los danzantes hacían su ofrenda. Pudo ver como los cuerpos se unían al sonido de los caracoles, las conchas, y al ritmo hipnótico del huéhuetl. Pensó en lo ingrato que es el hombre que se ha olvidado de los dioses, para rendirle culto al dinero y al poder. Imaginó a cientos de grupos de danzantes en el valle de Anáhuac, ofreciendo sus bailes a los dioses para que éstos benevolentes soltaran la lluvia y terminaran con la sequía que agobia al valle desde hace meses. Sí, ella conocía el ritual y el canto mágico, primero lo intuyó, pero después con los años, fue una de las elegidas para preservar el secreto.


Mientras mediaba su agua. Recordó los días recientes de agobio y ansiedad. La piel se le erizó. Cambios en el entorno cercano; decisiones que tomar; tragedias colectivas, más de un año de distanciamiento por la peste. La vida había cambiado y no volvería a ser la misma. Esa idea le agobiaba desde hace meses. Todo estaba ahí en su cuerpo y lo padecía.


Llegó el momento. La luna nueva estaba ahí, iniciando el ciclo de la renovación. Tiró su ropa al suelo, su cuerpo desnudo sintió el fresco de la noche. El agua perfumada por las flores la recibió como un santuario. Muchos minutos estuvo así, sumergida sin pensar, sin sufrir. Después con el alumbre frotó su cuerpo, una y otra vez. No hubo dolor. Sintió como la nube negra que la perseguía se diluía entre vapores y perfumes floridos. Cuando estuvo serena, salió del agua, envolvió su cuerpo en una toalla, caminó a la ventana que da a la calle, en la mano llevaba el trozo de alumbre. Miró al cielo y con todas sus fuerzas arrojó el alumbre por la ventana. Un destello rasgó la oscuridad. El ritual acabó. Afuera queda la luna nueva, la noche, el valle y el ladrido de los perros que guían a las almas en pena y lloran por los amores perdidos.




 
 
 

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