Exotismos y Crudezas ChilangasUn cuento de plebes vagos I: La Última Epifanía
- Onel Ortiz

- 4 ene 2022
- 3 min de lectura
Por Paco Vite
@Paco_Vite
Comparto este viejo cuento, que data de hace más de 20 años, inspirado en hechos propios de un país, un mundo, en el que la violencia contra las mujeres no deja de crecer… (parte 1 de 2)
Aquella noche dormí mal y tuve pesadillas. Mamá hasta se levantó y fue a consolarme como procurando enmendar posibles excesos en el escarmiento que ella misma había impuesto. Pero yo no tenía, no podía tener, nada contra ella; al contrario, a partir de entonces cualquier rencor infantil fue imposible.
La mañana anterior Lucy, Sara y yo habíamos encontrado regalos más bien simbólicos. Un muñeco diminuto para Lucy, un jueguito de té para Sara, un par de zapatos para mí, y una bolsita de dulces como para adornar un poco. Mis hermanas pequeñas no pudieron (ni intentaron) ocultar su descorazonamiento. “Parece que los reyes andaban pobres”, trató de justificar mamá con una falsa sonrisa que era más bien una mueca descompuesta en su rostro demacrado. Nos arreglamos y mamá nos dejó en la escuela, y creo que lo único que aprendí ese día es que en algunos casos los reyes anduvieron más pobres que en otros.
Después de clases llegué al cuartito con mis hermanas. Habían tenido toda la mañana para darse cuenta de que algo no andaba del todo bien, y se notaba porque no sabíamos qué decir. Como lo venía haciendo desde unos meses atrás, saqué la comida del refrigerador, la calenté y comimos envueltas en el silencio de nuestro desconcierto. A eso de las cinco de la tarde llegó mi mamá, con la angustia y el cansancio habituales agravados por la frustración de mis hermanas en un día que a todo niño le parece que debía ser cualquier cosa, menos lo que venía ocurriendo hasta esa hora.
Ya habíamos hecho la tarea, así que Lucy envolvió su muñeco en una cobija que en otras circunstancias era servilleta de cocina, Sara reacomodó su jueguito de té en el estuche de cartón que unos días después desalojaría la casa a bordo de la bolsa de basura, y fuimos al parque que está a unas calles de la vecindad. Ahí ocupamos una banca y mientras mis hermanas jugaban a la mamá y a la anfitriona que sirve café, yo veía a niños y niñas radiantes con sus flamantes juguetes que parecían divertidos porque salían todo el tiempo en la tele. Mamá nos avisó que iba a la farmacia, y me ordenó “Laura, cuida bien a tus hermanas”. Se dirigió a la esquina y justo antes de atravesar vi que algo en la acera opuesta la sorprendió por un instante; miró a los lados para pasar y corrió a encontrarse con papá antes que él cruzara hacia la acera del parque. Ya en el otro lado volteó a mirarnos y quiso que él siguiera caminando tras ella al percatarse de que yo observaba todo, pero él se quedó parado y nos miró a las tres a la distancia, con su cara de piedra. Entonces mamá sacó su monedero y se disponía a abrirlo cuando él se lo arrebató, tomó los billetes que había dentro, separó dos o tres y se los devolvió junto con el monedero, se guardó el resto, le hizo un gesto seco que me pareció de despedida, se dio la vuelta y se fue como llegó.
Mamá regresó con los ojos llorosos, y cuando Sara le preguntó que le pasaba, sólo contestó que de seguro era la contaminación, mientras me miraba como pidiéndome que no dijera nada. Sara le pasó una tacita sobre un plato y le dijo que se tomara un cafecito. Ella recibió la bebida de juguete y simuló un sorbo, luego acarició la cabeza de Sara y comentó, con una dulzura que tras lo ocurrido a mí me pareció inexplicable, “está muy rico”…
Continuará





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