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Exotismos y Crudezas Chilangas Un cuento de plebes vagos II: La Última Epifanía

  • Foto del escritor: Onel Ortiz
    Onel Ortiz
  • 11 ene 2022
  • 3 min de lectura

Por Paco Vite

@Paco_Vite


Comparto este viejo cuento, que data de hace más de 20 años, inspirado en hechos propios de un país, un mundo, en el que la violencia contra las mujeres no deja de crecer… (parte 2 de 2)


(…) Ella recibió la bebida de juguete y simuló un sorbo, luego acarició la cabeza de Sara y comentó, con una dulzura que tras lo ocurrido a mí me pareció inexplicable, “está muy rico”. Me sentí tan confundida que le dije que iría a caminar un rato mientras ella jugaba con mis hermanas. Fui hasta el otro lado del parque, donde me detuve a ver a un niño que intentaba piruetas con su bicicleta nueva. Al percatarse de mi presencia, se me acercó y preguntó “¿te gusta mi bici?”, yo sólo respondí “sí”, y me iba a retirar, pero me acercó la bicicleta y dijo “date una vuelta”. Acepté sin pensarlo pues me agradó la idea de hacer algo que no hacía desde no sé cuánto tiempo antes.


Me dirigí a donde estaban mi mamá y mis hermanas, pero cuando me acercaba sonó más adelante un fuerte rechinar de llantas que me hizo detenerme para observar. No alcanzaba a ver nada en dirección del ruido, pero noté que casi junto a la banca que ellas ocupaban estaba un triciclo de reparto, cargado con cajas de roscas de reyes. El vendedor se había detenido a ofrecerlas, y al oír el enfrenón se alejó unos pasos para mirar qué había ocurrido. Mientras tanto, mamá tomó una caja y la puso detrás de la banca, fuera de la vista de los demás, con una calma y una habilidad tales que ni mis hermanas se dieron cuenta. Como a pesar del ruido no hubo nada digno de fisgonear, el vendedor volvió a su triciclo y lo empujó mientras gritaba “¡roscas, lleve sus ricas roscas de reyes!” Yo subí a la bici y llegué con mi mamá muy campante. “Mira”, le dije, “los reyes me dieron esta bicicleta para las tres. Están apenados porque no pudieron dejarla en la mañana, y por eso hasta pusieron una rosca para nosotras ahí abajo”. Mis hermanitas se quedaron boquiabiertas y no podían ocultar su alegría; en cambio mamá me miraba con una mezcla de perplejidad y recelo. Yo me dirigí a Lucy y Sara: “Claro, ustedes tendrán que aprender a andar en bici, pero eso será otro día, porque ahorita hay que comer rosca, y en otro lugar, porque este parque no es muy seguro.” Mamá sólo ordenó que volviéramos a casa, así que Lucy envolvió a su bebé más amorosamente que a un kilo de tortillas, Sara colocó platitos, tacitas, cubiertos y demás utensilios en el perecedero estuche de cartón, y nos retiramos.


Más tarde, mientras mamá preparaba chocolate, me apartó y con un gesto severo me interrogó “Laura ¿qué fue lo que pasó?” “Nada”, dije, “los reyes le dan regalo a mi papá aunque se porte mal, y nosotras dos nos portamos un poquito mal para que los reyes no nos olviden tanto”. Entonces me dio una zurra, tal vez por mi insolencia, y me mandó a dormir sin merendar rosca ni chocolate. Pero ya entrada la noche, cuando me abrazó para ahuyentar mi mal sueño, sabíamos que algo había cambiado, que ya no éramos simplemente madre e hija, que ahora nos unía un vínculo distinto, que no éramos las mismas de ese día que transcurrió manchándose con todas las ilusiones perdidas.


De cualquier modo nos las arreglamos para seguir viviendo como hasta entonces; sin mencionar muchas cosas que tal vez parecía necesario decir, pero no lo era. Mejor evitamos refrendar de viva voz esa alianza circunstancial, eludiendo el significado confuso de aquel deplorable día de reyes, de aquella rosca mal habida, de aquella bicicleta a duras penas más fabulosa que la propia rosca, de aquel parque de peligros y desengaños.

Imagen: Alameda del Norte, verano de 2021.






 
 
 

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