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Exotismos y Crudezas Chilangas Personaje de la Noche (Primera parte)

  • Foto del escritor: Onel Ortiz
    Onel Ortiz
  • 5 oct 2021
  • 3 min de lectura

Por Paco Vite

@Paco_Vite


La noche transcurría silenciosa; como cualquier otra ya sin tráfico, sin niños, correteando, sin transeúntes errantes, sin parejas tomadas de la mano. Sólo sombras, sólo el rumor de hojas de árboles callejeros, sólo soledad, la paz incierta y frágil de la noche. Me había quedado en la sala leyendo. Hacía mucho que no permanecía ahí hasta tan tarde. Casi siempre me refugiaba en mi cuarto pronto, aunque ahí me sumergiera en la divagación, en la lectura o en la música durante horas arrancadas a las noches. Esta vez no lo había hecho por simple pereza de cambiar de sitio, o tal vez por transgredir el hábito, o por un íntimo deseo de redescubrir ese espacio tan bien conocido esa noche precisamente. Tal vez estaba esperando que ocurriera algo; pero si así fuera no me habría sorprendido tanto cuando tocaron a la puerta.


Me levanté a abrir con la duda a cuestas, con una vaga intuición de que el inesperado recién llegado era alguien conocido por la cordial seguridad con que había golpeado tres veces en la vieja puerta. Cualquiera hubiera preguntado a voces “¿quién?” antes de abrir, pero mi extraña convicción de que sería alguien inevitablemente bienvenido puso de por medio tan conveniente precaución. Mi conmoción fue grande al ver al personaje que estaba tras la puerta. Era un hombre harapiento, joven, que despedía un penetrante hedor a suciedad y solventes, con los ojos enrojecidos, la mirada perdida y un gesto grotesco. Era obvio que se había atrevido a tocar porque la mía era la única casa en la que había luces interiores encendidas. No sé si se percató del horror que me había provocado, y con una voz que me pareció de ultratumba preguntó en un tono entre suplicante e imperativo “¿me regalas un taco?” Con la simple intención de despacharlo de inmediato, apenas atiné a responder atropelladamente “No. No tengo nada que darte”, y cerré la puerta. Pretendí olvidarme en ese instante de la mala impresión que me dejó aquel sujeto; pero en el fondo su estado lamentable y mi negativa a ofrecerle algún alimento me estaban pesando demasiado. Después de algunos minutos decidí salir a alcanzarlo para ofrecerle algo de cenar, no sé si para lavarme la mala conciencia o por auténtica lástima.


Lo busqué por calles desiertas, o que al menos lo parecían, perseguí sombras que no fueron la suya, temí que la aurora se me adelantara y lo disolviera en el fragor de otro día en que su imagen se multiplicaría por miles en otros hombres, en niños, mujeres o ancianos igual de miserables, para no verse más; me obsesioné con una vaga intuición de que él era la razón de haber permanecido esa noche ahí, en la comodidad de mi sala, esperando por nada; me angustié con la creciente sensación de que no lograría hacer algo indefinible que me permitiera reconciliarme con el destino. Estaba dispuesto a que esa noche ocurriera cualquier cosa, algo que sacudiera el desorden habitual del mundo, algo que cuestionara el caos que sobrellevamos siempre como lo más natural, pero la noche fluía igual que si estuviera plácidamente dormido como cualquier otro ciudadano, insensible a lo que la calle despliega cuando nadie está ahí para verlo, enclavado en la febril mecánica de sueños fabulosos y desquiciados. Aquel hombre ni siquiera sospechaba, no podría ni imaginarlo, que tal vez se estaba convirtiendo en el emisario de alguna nueva capaz de apaciguar el torrente de dudas imperante, de combatir el vacío de estos tiempos de perplejidad, de contener el vértigo total al que en noches como esta se ven arrojadas tantas vidas sin certezas.

(Continuará)






 
 
 

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