Exotismos y Crudezas Chilangas Pagar para maltrabajar para malvivir III: Justicia Terrenal
- Onel Ortiz

- 14 dic 2021
- 3 min de lectura
Actualizado: 15 dic 2021
Por Paco Vite
@Paco_Vite
Este relato fue escrito entre 1995 y 1998, con base en testimonios, notas e intuiciones de aquellos días. La intención es realista, y lo recupero porque las situaciones que aborda no solo son actuales, sino que hoy son aun peores: las del abuso y la extorsión simplemente por trabajar. Parte 2 de 2.
Para leer la parte 1: https://www.gacetadelparque.com/post/exotismos-y-crudezas-chilangas-pagar-para-maltrabajar-para-malvivir-ii-justicia-terrenal
“¿Qué pasó Jefa, pus cuándo le he fallado?”, trató de defenderse el Filos.
“¡Cuándo no! Por tu culpa ya andan ahí unos de habladores y siguen tan campantes. Y ya sé que también tú luego quieres arreglarte con los de Vía Pública, si a mí no se me escapa nada, cabrón huevón, ya te echaron de cabeza y ni en cuenta. Si no sirves p’acer las cosas pa’ti, menos para una. Así que mejor pórtate bien m’ijito, que ya te tocará tu hora, cuando aprendas. Mientras no hagas las cosas a lo pendejo. P’al caso, mejor pídele chamba al Licenciado. Ese hijo de la chingada si nomás quiere estar aplastado en su oficina maltratando gente y arreando con todo lo que nos quita. Nosotros sí somos gente trabajadora.”
La facilidad de la jefa para cambiar del tono inquisitorial al maternal dejaba frío a cualquiera. La mirada dura y el tono de abuela desalmada contrastaban con su conmovedor tono de mamá preocupona en fracciones de segundo. Por su parte, el Filos percibió que sus sueños de grandeza no estaban tan cerca como él pensaba. “No pos sí, está gruesa la Jefa”, pensó para sus adentros.
El Licenciado miró de arriba abajo a la humilde mujer que hecha un mar de lágrimas lo había abordado al llegar a su oficina sin que su despistada pero llamativa secretaria pudiera impedirlo. “No, pues no da el ancho”, pensó al decidir que no la invitaría a pasar al privado. Ella había esperado ahí casi dos horas, pues tenía que verlo ese mismo día, y no podía darse el lujo de dejar de vender ni un día más. “Licenciado, necesito hablar con usted”, le dijo suplicante.
“Bueno, pero que sea rápido, porque mire que estoy muy ocupado, nomás vine de pasada porque voy a salir otra vez”.
Entre gimoteos le explicó a duras penas que unos días antes le habían quitado su mercancía, y que necesitaba recuperarla porque debía mucho dinero, que lo hiciera por una familia humilde que dependía de ese trabajo, que ya no le alcanzaba para darle de comer a sus niños, que por hacer otros trabajos tampoco podía cuidarlos, que su mamá estaba muy enferma, que su marido la había abandonado, que si él se compadecía de ella se lo iba a agradecer toda la vida, que a él no le costaba nada hacerlo, que lo hiciera nomás por caridad, y así toda la letanía de ruegos desolados y dramas de la vida real.
“Mire, señito (bueno, no venía al caso decirle señorita, porque hasta hijos tenía, pero tampoco pasaba por señora cargada de chamacos, así que el licenciado, regodeándose en su perspicacia, optó por un ese término que le pareció intermedio), lo que usted estaba haciendo era una actividad ilegal, y lo sabe, yo nada puedo hacer. Todo lo que se recoge se inventaría y se almacena en tanto las autoridades competentes deslindan responsabilidades. Figúrese la bronca en la que me meto si saco algo de la Bodega. Me acusan de robo, me sancionan por faltas administrativas, me destituyen, y luego ya somos dos las familias que no tenemos para comer. Ojalá pudiera ayudarla, pero en este caso es imposible. Ya no llore, que se va a poner fea (‘sí está flaca, pero fea no es’, rectificó relativamente la primera impresión que la mujer le causó). Si toma las cosas con más tranquilidad todo se va a arreglar. Vaya y échele ganas, pero ya no venda en la calle, ya ve a lo que se expone.”
Inconsolable, la mujer salió casi corriendo del lugar.
“Lagrimitas a mí”, se dijo el Licenciado. “Esa pinche arpía cree que primero me va a cuentear con una de estas poquianchis para que luego ya no levante nada porque su gente se queda sin comer. ¡Orita! ¡Qué ella mantenga a sus siervos! Piensan que nosotros todavía somos beneficencia o qué.” Satisfecho consigo mismo por la facilidad con que había neutralizado lo que interpretó como una táctica sutil de su socia forzosa, entró a su privado. A la vez se felicitaba por lo ventajoso que estaba resultando el arreglo con esa mujer que a otros ineptos en su posición sólo les había dado dolores de cabeza. Y esto era sólo el principio de un negocio que mientras más durara, mejor.
Imagen: Fotograma de Los Olvidados (Luis Buñuel, 1950)





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