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aExotismos y Crudezas Chilangas Personaje de la Noche (Segunda y última parte)

  • Foto del escritor: Onel Ortiz
    Onel Ortiz
  • 12 oct 2021
  • 3 min de lectura

Por Paco Vite

@Paco_Vite



Tuve que optar por volver a casa y olvidar de algún modo el fracaso en el examen vital que aquella noche me había sido dado aprobar. Anduve aturdido y cansado por una ruta errática que iba trazando inconscientemente, evitando sin saber por qué las avenidas más transitadas y los recorridos habituales, y cuando sólo me faltaban un par de calles vi unos pasos más adelante que alguien dormitaba acurrucado al píe de la cortina de algún negocio. Era él. Tuve que sacudirlo bruscamente para que reaccionara, y cuando por fin lo hizo me miró como si nunca antes hubiera visto a otro ser vivo sobre la tierra.


“Ven conmigo. Puedo ofrecerte algo de comer”. Me pareció que no entendía nada y apenas masculló algunos ruidos ininteligibles, mientras forcejeaba para que lo dejara tirarse a seguir durmiendo. Tras mucho insistir fui venciendo su resistencia y logré que intentara levantarse, empezó a dar unos pasos sin dejar de tantear la pared ni soltarse de mi brazo, y pesaba como si llevara a cuestas todas las cuentas que le debía la vida. El camino a casa resultó ahora más largo que todo lo que había ocurrido hasta que lo encontré, tropezaba uno de cada dos pasos que daba, y cada cuatro quería reclinarse en la pared para dormir, mientras los escasos coches que pasaban aminoraban la velocidad para ver de soslayo a ese misterioso par de noctámbulos forcejeando en un baile torpe y parsimonioso, mientras la ínfima distancia que nos separaba de mi casa parecía un abismo infranqueable.


Cuando al fin entramos pareció sentirse mejor, pues hasta miró entre sorprendido y desconfiado al interior, como descubriendo el amueblado, la decoración, los objetos, la iluminación, la pintura, y todos los demás elementos triviales que forman cualquier apacible paisaje doméstico. Le indiqué que se lavara en el fregadero mientras sacaba algo del refrigerador para calentar. No dejaba de observar su actuar torpe, el ennegrecimiento instantáneo del chorro de agua al tocar sus toscas manos, la inutilidad de la espuma producida por el puñado de detergente que le entregué, el prolongado enjuagarse hasta que el agua parecía ya no enturbiarse bajo sus manos, la dificultad de secarlas con las toallas de papel que le di para que no usara la de tela, la trastornada rutina de un aseo que para él sólo podía representar un ritual extraño. Miró con avidez la humeante ración de guisado del día anterior que le había servido, se sentó a la mesa y apuró el platillo, las tortillas, la salsa, los frijoles y el café como si fueran el último alimento de un condenado, como quien prefiere aprovechar la ocasión antes de que ésta se agote o se convierta en un engaño. Mientras comía traté de que me hablara sobre su vida, pero a mis cautelosas preguntas se limitó a responder con evasivas desconfiadas, a apresurarse aún más, a agazaparse en sí mismo, a demostrar que un mínimo de cortesía le provocaba repulsión.

Sin obtener el más mínimo indicio que me revelara algo sobre las alucinantes expectativas que su aparición había provocado, lo despedí a la luz del día que despuntaba. Salió sin mirarme, gruñendo algo que a duras penas pude interpretar como su modo de dar las gracias y caminó con recuperadas fuerzas para retornar a la inevitable destrucción. Tuve que afrontar que nada había ocurrido; aquel personaje terrible no fue ninguna señal esperada, ningún enviado a revelar algo insondable del mundo, ningún ser extraordinario portador de algo terrible. Para mi decepción era simplemente lo que era, lo único que podía ser.


(Azcapotzalco, Ciudad de México, marzo de 1999)


 
 
 

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