Los escenarios de la soledad de Rocha Moya
- Onel Ortiz

- 26 ago
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Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
La lealtad y la fama en la política son efímeras; la soledad es permanente. El caso de Rubén Rocha Moya sería terriblemente cómico si no fuera por la tragedia que ha acompañado a Sinaloa durante buena parte de su gobierno. El gobernador que alguna vez tuvo muchos respaldos en Morena descubrió, en apenas unas horas, una de las reglas más antiguas del poder: cuando los costos de defender a una persona superan los beneficios, los amigos, los hermanos, desaparecer.
Sobre el fugaz regreso de Rocha Moya y su todavía más rápida retirada ya se ha escrito mucho y seguramente se seguirá escribiendo. Habrá desde las teorías de conspiración más conspicuas hasta los análisis jurídicos más rigurosos, pasando por filtraciones de información confidencial, versiones provenientes de Washington y especulaciones sobre llamadas telefónicas o WP que nadie escuchó o leyó. Sin embargo, después de su nueva solicitud de licencia se abren distintos escenarios personales, políticos y jurídicos que merecen ponerse en la mesa. Algunos más probables que otros, pero ninguno favorable para quien hasta hace poco ejercía el poder en uno de los estados más importantes del país.
El viernes 21 de agosto, Rocha Moya regresó a la gubernatura después de 112 días de licencia. Poco más de un día después volvió a solicitar separarse del cargo. La diferencia fundamental entre aquella primera licencia y ésta es política. Entonces existía un gobernador cuestionado que conservaba respaldos importantes dentro de Morena y del sistema político. Ahora existe un gobernador separado del cargo que descubrió, de la manera más dura, los límites de esos respaldos.
Al buen entendedor pocas palabras. La presidenta Claudia Sheinbaum fue categórica. Calificó su regreso como “imprudente” y sostuvo que ningún interés personal puede colocarse por encima de los intereses de Sinaloa y de México. La dirigencia nacional de Morena, gobernadores, legisladores y diferentes actores de la coalición gobernante entendieron perfectamente el mensaje y cerraron filas alrededor de la Presidenta, no de Rocha. Ahí se produjo la verdadera derrota del sinaloense. Una cosa es enfrentar acusaciones provenientes del extranjero teniendo detrás la protección política de tu movimiento y otra completamente distinta es hacerlo cuando ese movimiento considera que te has convertido en un problema. Rocha quedó solo.
En este contexto, el primer escenario es la continuación y eventual intensificación de la presión estadounidense. Los señalamientos formulados desde Estados Unidos no desaparecieron con su primera licencia y mucho menos con su efímero regreso. Washington sostiene acusaciones graves sobre presuntos vínculos con el crimen organizado, mientras Rocha las rechaza y defiende su inocencia. Al mismo tiempo, el gobierno mexicano mantiene una posición que considero correcta: ninguna autoridad extranjera puede determinar unilateralmente la culpabilidad de un ciudadano mexicano.
La Fiscalía General de la República mantiene investigaciones abiertas y la Secretaría de Relaciones Exteriores ha solicitado a las autoridades estadounidenses las pruebas que sustenten sus señalamientos. Por tanto, existen dos pistas que avanzan simultáneamente: la estadounidense y la mexicana. En algún momento podrían encontrarse, contradecirse o producir nuevos elementos. Aquí se encuentra una de las claves del futuro inmediato de Rocha. Su problema ya no consiste únicamente en demostrar que las acusaciones estadounidenses carecen de sustento. También deberá enfrentar las consecuencias de las investigaciones realizadas en México.
Washington podría incrementar la presión. No necesariamente mediante una acción espectacular, sino utilizando los numerosos instrumentos diplomáticos, financieros y judiciales que tiene a su disposición. Podría entregar nuevos expedientes, ampliar acusaciones, incorporar otros nombres a sus investigaciones o convertir el caso Rocha Moya en otro componente de la compleja agenda bilateral de seguridad. Aquí existe un riesgo mayor: que un asunto judicial individual termine contaminando la relación entre México y Estados Unidos. El gobierno mexicano deberá mantener simultáneamente dos principios: cooperación efectiva contra el crimen organizado y defensa irrestricta de la soberanía nacional.
El segundo escenario es que Rocha Moya, sintiéndose políticamente abandonado, modifique radicalmente su estrategia jurídica. Un hombre aislado puede tomar decisiones desesperadas. Una posibilidad sería buscar mecanismos para enfrentar directamente las acusaciones en Estados Unidos, incluso mediante alguna fórmula de presentación voluntaria negociada por sus abogados. No afirmo que vaya a ocurrir; simplemente es uno de los escenarios que deben considerarse. Una decisión semejante transformaría completamente el caso y abriría inevitablemente nuevas interrogantes políticas en nuestro país.
Una eventual presentación voluntaria ante la justicia estadounidense tendría consecuencias impredecibles. Rocha podría intentar demostrar su inocencia, negociar condiciones procesales o enfrentar directamente un juicio. Pero inmediatamente aparecería una pregunta inevitable en México: ¿qué información posee y qué podría declarar ante los fiscales estadounidenses? En este tipo de procesos, las consecuencias políticas pueden superar ampliamente las responsabilidades individuales. Nombres, reuniones, funcionarios, empresarios, policías y acontecimientos de los últimos años podrían incorporarse al debate público.
Existe un tercer escenario, mucho menos probable, pero que tampoco puede ignorarse completamente ante las actuales condiciones internacionales: una acción unilateral estadounidense destinada a detener y trasladar a Rocha fuera del territorio nacional. Sería un acontecimiento gravísimo. Una operación de esa naturaleza constituiría una violación intolerable de la soberanía mexicana y provocaría una crisis diplomática de enormes dimensiones. Precisamente por sus consecuencias considero que es el escenario menos probable. Pero la política internacional contemporánea obliga a considerar posibilidades que hace algunos años parecían inimaginables. México tendría que responder política, jurídica y diplomáticamente ante cualquier intento de intervención extraterritorial que violara nuestra Constitución y nuestro territorio.
Existe todavía un cuarto escenario, quizá menos espectacular, pero perfectamente posible: que durante meses aparentemente no ocurra nada. Que Rocha permanezca separado de la gubernatura, que las investigaciones mexicanas continúen, que Estados Unidos mantenga sus acusaciones y que el expediente se prolongue. Sería una especie de limbo político y jurídico. Sin embargo, no debe confundirse inmovilidad pública con ausencia de movimientos. Los abogados trabajarían, las fiscalías investigarían, Washington recopilaría información y los actores políticos tomarían distancia. El tiempo que antes podía favorecer a Rocha ahora juega en su contra, porque cada semana fuera del gobierno reduce su capacidad de influencia y acelera la construcción de una nueva correlación política en Sinaloa.
Hay un quinto escenario que me parece prácticamente consumado: el final político de Rubén Rocha Moya. El Congreso sinaloense designó a Graciela Domínguez Nava para hacerse cargo del Ejecutivo estatal y conducir esta nueva etapa. Independientemente del desenlace jurídico de las acusaciones estadounidenses, resulta difícil imaginar una reconstrucción del poder político de Rocha después del episodio de las 34 horas.
Ésa es quizá la principal lección del fugaz regreso y pronta retirada de Rubén Rocha Moya. La lealtad y la fama en política son efímeras; la soledad es permanente. Rocha todavía tendrá que librar una larga batalla jurídica y defender su presunción de inocencia, que debe respetarse plenamente. Pero la batalla política terminó. Y en política, como tantas veces ocurre, la caída no comenzó con las acusaciones de los adversarios, sino cuando dejaron de defenderlo los propios.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.



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