La línea de salida de la elección 2027
- Onel Ortiz

- hace 2 horas
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Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
Esta semana inicia formalmente el proceso electoral de 2027. Aunque desde hace meses gobernadores, dirigentes, legisladores, aspirantes, suspirantes y partidos se encuentran metidos hasta el cuello en la competencia, el comienzo institucional representa una buena oportunidad para preguntarnos: ¿cómo llegan los partidos políticos a la línea de salida? Hace unos días, Consulta Mitofsky publicó una encuesta casa por casa que ofrece datos interesantes para intentar responder. Hay que tomarla, como todas las encuestas, con las reservas del caso. Al final, los estudios de opinión son como el bikini: lo que muestran es importante, pero lo que ocultan es esencial.
Una primera fotografía corresponde a las opiniones positivas sobre los partidos. Morena comienza el proceso con 49.4 por ciento; Movimiento Ciudadano, con 32.5; PAN, 31.2; Partido Verde Ecologista de México, 27.5; PRI, 21.5, y Partido del Trabajo, 19.5 por ciento. Las diferencias son importantes. Morena prácticamente aventaja dos a uno a algunos de sus adversarios y conserva una valoración considerablemente superior a la de sus propios aliados. Somos y Paz, por tratarse de partidos de nueva creación, todavía no cuentan con una historia suficiente para comparar su aceptación con la de los partidos. Su verdadero examen comenzará ahora.
La primera conclusión parece evidente: Morena continúa siendo el partido con mayor opinión positiva entre los mexicanos. Sin embargo, sería un error que sus dirigentes interpretaran ese dato como un cheque en blanco. Una cosa es ser el partido mejor evaluado y otra muy distinta mantener los niveles de apoyo que permitieron construir las mayorías de 2018, 2021 y 2024. En el otro extremo aparece el PT, con apenas 19.5 por ciento de opiniones positivas. El dato demuestra también una característica de la coalición gobernante: Morena aporta la mayor parte de la fuerza electoral y sus aliados dependen, en buena medida, de esa locomotora.
Las opiniones negativas permiten observar la misma fotografía desde el otro lado del espejo. El PRI comienza la elección con el peor saldo de imagen: 58.6 por ciento de opiniones negativas. Morena, en cambio, registra 34.9 por ciento, el menor porcentaje entre las principales fuerzas políticas. No se trata de una diferencia menor. El PRI continúa pagando una factura acumulada durante décadas y, sobre todo, sigue sin encontrar la manera de convencer a millones de mexicanos de que es un partido distinto al que gobernó el país durante buena parte del siglo XX y regresó a la Presidencia entre 2012 y 2018.
Todavía más revelador que la opinión positiva o negativa es el rechazo electoral. El PRI concentra 48.7 por ciento de ciudadanos que dicen que no votarían por él. Prácticamente uno de cada dos electores rechaza de entrada la posibilidad de entregarle su voto. Movimiento Ciudadano presenta el menor rechazo, con 27 por ciento, mientras Morena registra 36.1 por ciento. Aquí aparece una paradoja interesante. Morena es el partido con mayor intención de voto y mejor opinión positiva, pero tiene un rechazo superior al de Movimiento Ciudadano. Esto significa que conserva un enorme piso electoral, aunque también enfrenta un techo que deberá cuidar durante la campaña.
Llegamos entonces al dato fundamental: la intención de voto. Morena comienza con 33.4 por ciento; el Verde, con 5.6, y el PT, con 2.7 por ciento. Una suma aritmética coloca a los tres partidos que llevaron a Claudia Sheinbaum a la Presidencia en 41.7 por ciento. Desde luego, sumar porcentajes no significa automáticamente sumar votos. Las coaliciones generan sinergias, pero también contradicciones; transfieren apoyos en algunos lugares y provocan resistencias en otros. Aun con estas precauciones, la fotografía inicial muestra que la coalición gobernante continúa siendo el bloque electoral más importante del país rumbo a 2027.
En la oposición, el PAN comienza con 14.8 por ciento de intención de voto; el PRI, con 10.4, y Movimiento Ciudadano, con 9.8 por ciento. La suma de los tres alcanzaría 35 por ciento. Otra vez debemos advertir que las matemáticas electorales no funcionan como las operaciones de una calculadora. Un votante de Movimiento Ciudadano no necesariamente apoyaría una alianza con el PRI, como tampoco todos los electores panistas aceptarían automáticamente cualquier candidatura común. No obstante, el ejercicio sirve para dimensionar las fuerzas: existe una oposición importante, pero fragmentada, con dificultades para construir un proyecto común y, especialmente, para resolver el problema que representa el descrédito priista.
Los nuevos partidos comienzan desde mucho más atrás. Somos registra alrededor de 0.9 por ciento de intención de voto y Paz, 0.5 por ciento. Ambos enfrentarán en 2027 una prueba de supervivencia antes que una disputa real por el poder nacional.
Hay otro dato que ningún partido debería ignorar: 19.4 por ciento de los encuestados no manifestó preferencia partidista. Estamos hablando prácticamente de uno de cada cinco ciudadanos. Ahí puede encontrarse buena parte de la disputa de 2027. Los partidos tienen sus votos duros, sus simpatizantes y sus estructuras, pero las elecciones se ganan o se pierden entre quienes deciden durante las campañas. Ese segmento puede modificar la correlación de fuerzas. Pensar que la elección está resuelta desde septiembre de 2026 sería un error. Faltan candidatos, campañas, debates, errores, crisis, acontecimientos nacionales y, sobre todo, falta que los ciudadanos decidan.
¿Qué lectura podemos hacer entonces de esta encuesta de arranque? La primera y más evidente es que Morena continúa siendo la fuerza predominante y mayoritaria del país. Si mantiene su alianza con el Verde y el PT, tiene condiciones para conservar la mayoría en la Cámara de Diputados, aunque posiblemente enfrente una competencia más cerrada en diversos distritos de mayoría relativa. No será necesariamente una repetición de 2024. Las elecciones intermedias tienen dinámicas diferentes a las presidenciales. No estará en juego la Presidencia de la República y, por tanto, las candidaturas locales, los gobernadores, los liderazgos regionales y las estructuras territoriales adquirirán mucho mayor peso.
Hay, además, un elemento que Morena debería analizar con mucho cuidado. Sus niveles de preferencia electoral están considerablemente por debajo de la popularidad y aceptación que mantiene la presidenta Claudia Sheinbaum. El fenómeno no es nuevo. Un presidente puede tener una aprobación considerablemente superior a la de su partido, pero cuando la distancia aumenta significa que una parte de la ciudadanía distingue entre la titular del Ejecutivo y la organización política que la llevó al poder. La popularidad presidencial no es necesariamente transferible.
La distancia entre la aceptación presidencial y la partidista tampoco puede explicarse únicamente por las campañas de la oposición o las críticas de los medios de comunicación. Morena enfrenta un desgaste provocado por sus propios errores. Extravagancias, declaraciones desafortunadas, pleitos internos, viajes, lujos, nepotismo, disputas por candidaturas y escándalos protagonizados por algunos integrantes de la clase política morenista han provocado costos. El problema no consiste solamente en lo que haga la oposición, sino en lo que Morena haga consigo mismo. El principal adversario de Morena en 2027 puede terminar siendo Morena, especialmente donde la disputa interna por las candidaturas rompa equilibrios regionales.
Morena enfrenta además la contradicción propia de todos los partidos que pasan de ser movimiento opositor a convertirse en partido gobernante. Cuando se está en la oposición resulta relativamente sencillo mantener una narrativa basada en la crítica al poder. Cuando se gobierna, cada decisión tiene consecuencias. Morena gobierna la Presidencia de la República, la mayoría de las entidades federativas, buena parte del Congreso y centenares de municipios. Ya no puede responsabilizar exclusivamente al pasado de todos los problemas. Conforme pasan los años, aumenta su responsabilidad sobre el presente. Esa transformación inevitablemente genera desgaste y será uno de los elementos centrales que estarán a prueba durante la elección intermedia.
Para el PAN, la encuesta presenta luces y sombras. Tiene 31.2 por ciento de opiniones positivas y una intención de voto de 14.8 por ciento. Es decir, conserva una base electoral y continúa siendo, individualmente, la segunda fuerza política en preferencias. Sin embargo, después de 14 años años fuera de la Presidencia, sigue sin construir una alternativa nacional suficientemente atractiva frente a Morena. Su reto no consiste solamente en criticar al gobierno, sino en convencer a los ciudadanos de que posee un proyecto diferente. La oposición puede señalar errores todos los días, pero mientras no convierta la inconformidad en una propuesta política, difícilmente podrá transformar el rechazo al gobierno en votos propios.
Movimiento Ciudadano presenta probablemente los datos más interesantes de la oposición. Tiene 32.5 por ciento de opiniones positivas, ligeramente por encima del PAN, y solamente 27 por ciento de rechazo electoral, el nivel más bajo entre los partidos considerados. Su intención de voto, sin embargo, es de 9.8 por ciento. Hay una brecha considerable entre simpatía y voto. Ahí está al mismo tiempo su oportunidad y su problema. Su desafío será demostrar que puede pasar de ser una opción simpática a convertirse en una alternativa competitiva.
El PRI enfrenta una situación completamente distinta. Tiene 21.5 por ciento de opiniones positivas, 58.6 por ciento de opiniones negativas y 48.7 por ciento de rechazo a votar por él. A pesar de ello conserva 10.4 por ciento de intención de voto, demostración de que todavía mantiene estructuras, cuadros y un voto duro. Sin embargo, su problema fundamental continúa siendo el mismo: tiene un techo electoral demasiado bajo y un rechazo demasiado alto.
Por eso, cualquier alianza opositora que incluya al PRI deberá analizar cuidadosamente costos y beneficios. En determinadas entidades, municipios o distritos, la estructura priista puede resultar indispensable para competir. Pero en otros lugares su presencia puede convertirse en peso muerto. El problema para PAN y Movimiento Ciudadano es elemental: sumar los votos del PRI también puede significar sumar su rechazo. Las alianzas electorales no solamente agregan simpatizantes; también agregan negativos. La experiencia reciente debería haber enseñado que juntar siglas no equivale necesariamente a construir una mayoría. Para derrotar a Morena se necesita mucho más que una coalición electoral: hace falta una alternativa política que resulte creíble.
El Verde y el PT enfrentan otro tipo de dilema. Ambos forman parte del bloque gobernante, pero sus porcentajes individuales demuestran que dependen ampliamente de su alianza con Morena. El Verde registra 5.6 por ciento de intención de voto y el PT 2.7. Para ellos, la negociación de candidaturas, distritos y posiciones en las listas será fundamental. Morena tendrá que decidir hasta dónde está dispuesto a ceder espacios para conservar la unidad de la coalición. En elecciones cerradas, dos o tres puntos porcentuales pueden representar la diferencia entre ganar y perder decenas de distritos. Los partidos pequeños saben perfectamente el valor de sus votos y cobrarán por ellos.
Somos y Paz tendrán una batalla todavía más complicada. Sus porcentajes iniciales están muy lejos del umbral necesario para consolidarse como fuerzas políticas nacionales. Su primera elección será una carrera por sobrevivir rumbo a 2030. Necesitan candidatos conocidos, recursos, organización, representantes de casilla y, fundamentalmente, una razón política para existir. Si únicamente se presentan como refugio de políticos que no encontraron candidatura en otras fuerzas, tendrán pocas posibilidades. El electorado mexicano puede estar desencantado de los partidos tradicionales, pero eso no significa que automáticamente vaya a respaldar cualquier nueva sigla. La novedad electoral tiene fecha de caducidad si no está acompañada de identidad.
Esta encuesta es apenas la fotografía de septiembre de 2026. Nada más, pero tampoco nada menos. Morena comienza adelante, con una ventaja considerable, pero con señales de desgaste que sería absurdo ignorar. PAN y Movimiento Ciudadano tienen espacios para crecer, aunque todavía carecen de la fuerza suficiente para disputar por separado la mayoría nacional. El PRI conserva votos, pero carga un rechazo que condiciona cualquier estrategia opositora. Verde y PT dependen de Morena, mientras los nuevos partidos lucharán primero por sobrevivir. Todos tienen fortalezas y debilidades. Ninguno debería confundirse pensando que los números actuales representan los resultados de junio próximo.
La elección de 2027 apenas comienza. Durante los siguientes meses veremos encuestas, propaganda, acusaciones, rupturas, alianzas, chapulineos, escándalos y una interminable guerra por las candidaturas. Sin embargo, debajo del ruido estará la verdadera disputa: Morena intentará demostrar que puede conservar su mayoría después de casi nueve años en el poder; la oposición tratará de demostrar que todavía puede convertirse en alternativa, y los nuevos partidos buscarán convencer de que tienen alguna razón para existir. Las encuestas sirven para saber dónde está parado cada quien. Después viene lo complicado: caminar. Porque, como siempre ocurre en política, una cosa es llegar primero a la línea de salida y otra muy distinta cruzar primero la meta.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.


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